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El que no podía hundirse
Eran tan sólo los dos. Habían comprado el pasaje más barato para viajar en el trasatlántico más grande e imponente que habían visto en su perra vida. Jaime insistía en ir en él. al ser famoso y ser tan esperada la partida del barco, nadie iba a sospechar que ellos dos iban a ir: iba a ser el escondite perfecto. Maxwell tenía miedo de que nada de eso sirviera, pero debían huir a como diera lugar.

Consiguieron unos documentos falsos, cuanto más rápido desaparecieran de la vista de todos, mejor sería.
Los rusos querían su investigación y sería por las buenas o por las malas. Y ambos, estarían seguros que sería por las malas. La voz se había corrido con rapidez entre varios altos cargos de varios países, entre Italia, Rusia, Alemania y China estaban los que a sus ojos, eran los más peligroso. Y ni Jaime ni Maxwell querían ceder su investigación a cualquiera.

La intención de Jaime era huir a América. Llegarían a Nueva York y luego, viajarían hasta América del sur, a algún pueblo abandonado donde nadie los reconociera y ahí, terminarían sus días de investigación para finalmente, dedicarse a vivir en paz.

Todo iba bien según sus planes. Tenían una habitación con una cama, comida y la promesa de un futuro sin problemas…
Hasta el momento del impacto.

Lo sintieron fuerte en la parte baja, haciendo saltar a Maxwell de la cama. Jaime todavía atesoraba el maletín, que era el único bien que ambos llevaban consigo. No había ningún otro elemento que contara como equipaje que una vieja maleta roída por el tiempo que Jaime no soltó ni cuando fueron a comer.

Ambos salieron de la habitación y vieron como el agua empezaba a cubrir los pasillos: el barco se hundía.

Ambos se miraron, intercambiando la preocupación que acongojaba su futuro. La gente corría, se amontonaba en los pasillos y al llegar a las escaleras, vieron la puerta corrediza que conducía a la superficie, cerrada.

—Quizá, así es mejor. Jugamos a ser dioses, ahora, nos toca cumplir condena —dijo Jaime apretando los dedos contra el maletín.

Maxwell intentó hacerlo entrar en razón, pero no había caso. Jaime se había sentado en el piso mientras el agua iba subiendo rápidamente su nivel y lo mojaba.

—Todavía podemos salvarnos.

—Es mejor que no —advirtió Jaime. Veía demasiados designios divinos entre aquel accidente. Al menos, él y su fórmula debían perecer ahí.

Hacía dos años, estaban tan felices de aquel descubrimiento, podían detener el envejecimiento de las células ¡casi conseguían la juventud eterna! Atentaban contra la propia naturaleza y ahora… se arrepentía.

Lo tomó del sobretodo, levantándolo del suelo con el agua chorreando de su ropa y los labios temblando por el frío. Le dio un golpe a Jaime y aun así, no hubo forma de que entrara en razón. Se dejó caer de nuevo, entre empujones de la gente y el agua que salpicaba encima suyo.

—Sálvate. Si hay que pagar alguna culpa, yo la pagaré por los dos —le dijo a su amigo dándole una palmada en el hombro y levantándose para volver a su camarote acariciando el maletín entre sus brazos mientras se despedía tarareando una canción.

Maxwell entendió que nada lo haría cambiar de parecer y sólo le quedó luchar por sobrevivir a bordo del trasatlántico que jamás se iba a hundir…

******


—¡¿Por qué diablos atacaron el barco?! Teníamos que capturarlos, no matarlos—gritó el Capitán alemán al ver el curso del misil.

—Casi lo consiguen —dijo uno de los oficiales, levantándose de su asiento, dejando los controles. Sacó un arma y disparó a su superior.

Recargó y se deshizo de cada uno de los tripulantes. La historia oficial diría que el Titanic chocó contra un iceberg, todo había sido calculado para que pasara por un accidente, no como un atentado. Mientras, él cobraría una buena suma por arruinar los planes de Alemania.

«Si no es nuestro, no será de nadie» le dijo su jefe, aquel que le había pagado para hacer aquella tarea de inteligencia e infiltración en la nave enemiga.

Ahora, él volvería a su vida normal, estableciéndose cómodo, olvidándose de las vidas que había cobrado por una investigación que simplemente, desconocía. Era lo que le habían encargado y cuando preguntó la razón, la respuesta fue sencilla:

—No había nada más que pudiéramos hacer.



Indice

Día quince: Haz que tu relato termine con “No había nada más que pudiéramos hacer”.



¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? ¡Vuelvo a escribir cuentos! Hacía muchísimo no me sentaba con algo como esto. No sé si vieron que van a volver a hacer una expedición para recuperar el telégrafo del Titanic. En teoría, pueden descubrir “un mensaje perdido” de la noche que se hundió ¿Con qué fin? Pues, no se me ocurre otro que no sea agregar más datos que contar a la triste historia del barco que jamás se iba a hundir. Pero me sirvió para escribir esta historia y de paso, avanzar un poquito más con mi reto ¡este año termino todo!

Espero que les haya gustado.

¡Un abrazo!

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3 Comments

  1. campirela_ 23 mayo, 2020 at 7:11 am

    Buenos días ..una preciosa entrada ..un abrazo y deseo que sigas así estupenda muakiss.

    Reply
  2. El Demiurgo de Hurlingham 23 mayo, 2020 at 10:08 am

    Efectivo relato, que cumple con la consigna.
    Es inquietante como las intrigas políticas hicieron perder semejante investigación.
    Besos.

    Reply
  3. Citu 24 mayo, 2020 at 10:05 pm

    Buena historia me gusto el desenlace y como cambias la historia del titanic . Te mando un beso

    Reply

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