Apaga la luna que los ángeles nos miran – Parte uno

0
(0)
¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que muy bien <3 Una vez más, estaba removiendo un poco mis cuadernos y encontré este cuento que hice un noviembre del 2012. Hace bastante, aunque, es un cuento un poquito diferente a los que tengo subidos aquí que es largo, bastante largo. No llega a ser novela corta porque no ahonda en secundarios ni en otras tramas, así que quedará como cuento y seguramente, lo subiré en dos o tres partes, dependiendo de qué tan jugada esté en estos días, pero pienso subirlo seguidito así no se queden con las ganas como suelo hacer (?).

Apaga la luna que los ángeles nos miran
Cuando
la luna apareció en el cielo, ellos salieron al patio dirigiéndose hacia las
escaleras que estaban contra la pared de la higuera y cerca del enorme nogal
que estaba creciendo libremente en el jardín, comenzaron a subir, escalón a
escalón hasta llegar la terraza y visualizar los dos únicos objetos que
residían allí: unas reposeras y una maceta con papiro.
Ella
sonrió. 
Él
se quedó serio a pesar de ver la curvatura de sus labios mientras sacaba su
celular del bolsillo y se lo pasaba a la muchacha después de dejar abierta una
fotografía en él.
—¿Te
gusta?—
Un
silencio prolongado se hizo sentir. Él, tomó asiento en su reposera y se quedó
mirando la brillante luna que había en el cielo esa noche. Unos hermosos
puntitos blancos resplandecían tintineantes en el cielo. Siempre había admirado
el espacio y tener esa casa en esa parte de la ciudad, en la ladera, donde aún
se podía apreciar todo aquello, había sido una hecatombe de suerte para el
muchacho. Apenas había visto la terraza, sin si quiera haber visto el resto de
la casa o pensado en el precio de la vivienda, ya había decidido que debía ser
de él. Steve se había dejado llevar por ese impulso y había pasado tres
solitarios años que había convivido junto a ese cielo estrellado antes de que
Allison apareciera en su vida.
El
mismo desprecio por la vida. El mismo aburrimiento. Las mismas ideas sobre el
mundo. Parecía que eran capaces de leer la mente del otro; completaban sus
ideas llevando a cabo sus excéntricos y oscuros planes para llenar el vacío
envolvente que algunos llamaban vida.
—El
mundo no sirve—
Como
si hubiese sabido exactamente qué decir, su respuesta al unísono fue aquel
augurio que necesitaban para saber que estaban hechos el uno para el otro, que
su encuentro no había sido un mero capricho del destino, que entre los dos iba
a terminar haciendo algo realmente grande, maravilloso y macabro.
—Me
gusta ¿Dónde lo encontramos?— preguntó aun embelesada por la fotografía
sentándose entre las piernas de Steve mientras se rodeaba así misma con sus
brazos. 
El
silencio volvió. No era un silencio incómodo, por el contrario, ninguno de los
se quejaba de esa silenciosa tranquilidad que había entre ambos. Aunque Allison
no era de las que solía permanecer en ese estado por mucho tiempo ni frecuentar
personas tan taciturnas como él, al conocer a Steve había aprendido que en
todos sus silencios su compañía había sido mucho más fructífera que en todas
las conversaciones que ella había entablado a lo largo de su vida. Un vacío que
sólo se llenaba en el silencio, con la ausencia, con la compañía de ése ser tan
peculiarmente extraño que había conocido. Steve, aquel hombre que salía de
todos los esquemas para llegar y demostrarle que sólo había comenzado a vivir
en ése último año que pasó con él.
Se
dio un baño, buscó un vestido negro que contrastase con la palidez sepulcral
que su piel tenía y se maquilló con colores oscuros que lo único que hicieron
fue afianzar aún más la palidez cadavérica que presentaba en su rostro. 
Una
muchacha lastimosamente enclenque aunque se diese el gusto de comer a diestra y
siniestra, su cuerpo parecía no asimilar los alimentos dejándola en una
delgadez insípida. Su rostro era bastante afinado; sus ojos rasgados, dándole
una belleza egipcia en la mirada, como dos pequeños cortes hechos con bisturí
sobre la piel que ella remarcaba con el delineador y la máscara de pestañas. Su
nariz pequeña y respingada se alzaba enérgica en su rostro encima de unos
labios pintados y delgados, resaltados por el brillante tono carmesí que había
elegido para completar su maquillaje.
—¿Qué
te parece?— preguntó dando una vuelta haciendo que la falda del vestido se
abriese.
Él
la miró y quiso curvar sus labios en un gesto que podría interpretarse como una
sonrisa: le había encantado.
Steve
había conseguido en ese austero gesto decir todo. No era muy expresivo, ni con
palabras ni expresiones faciales, pero podía demostrarle lo mucho que le
importaba en otras formas. Era un hombre que hablaba lo justo y necesario.
Siempre había pensado que era inutil decir todo lo que se le cruzaba por la
cabeza si a nadie le interesaba oírlo. O a lo mejor, les importaba, pero Steve
no tenía ganas de darlo a conocer. No había cosa más íntimas y propias que las
ideas.
Allison
esbozó una sonrisa alegre al ver a Steve. Estaban listos para salir.
Él
se acercó a ella por la espalda y corrió la cortina de su negra cabellera
colocándole un dije de colmillo de serpiente como único accesorio.
—Me
dijeron que aún tiene rastros de veneno así que no te piques con él — le
susurró al oído a la joven, estremecida por el golpeteo de su aliento en el
cuello mientras se miraba encantada en el espejo por el nuevo regalo que él le
había dado.
Por
su parte, él sólo se separó de ella después de recorrer su cuello con sus
dedos, dejándola sola para buscar una campera, colocándosela sobre la camisa
blanca que había dejado fuera del pantalón, un jean negro deshilachado y unas
zapatillas del mismo color que compleaban su vestimenta.
Steve
era un hombre bien parecido. Sus rasgos toscos y gruesos sentaban bien para su
estilo y ayudaban a conformar el conjunto de belleza tan encantador por no ser
perfecta. Usaba unos anteojos cuadrados, que su flequillo cubría a medias entre
un inquieante tono gris y negro que terminaban de caer rebeldes sobre su
espalda. Su rostro era delgado y cuadrado, notándose mucho más en el mentón,
afianzando sus rasgos anglosajones.
Parpadeantes
luces de colores verdes, amarillas, moradas, naranjas y rojizas iluminaban
todo. Los anuncios locales parpadeaban tiñendo más calles de colores. Un cartel
naranja zumbaba momentáneamente con las palabras ‘Hotel 24 hs’. Al frente había
otro más o menos parecido, ‘La Copa de oro’, apagándose cada cierto tiempo la
R, haciendo pensar que en cualquier momento dejaría de funcionar, de un color
amarillo estridente y un dibujo de una copa que se llenaba hasta rebalsar.
El
barrio se vestía de color, vulgaridad y un gusto muy peculiar por lo grotesco y
cargado. Más, las calles se vestían de personas más peculiares todavía. Allison
y Steve se veían entre ellos pasando desapercibidos por la multitud de transeúntes
indiferentes. Y mientras la mayoría se perdía entre las puertas de los
llamativos locales, la pareja siguió un largo camino hasta un callejón iluminado
por una molesta luz azul perdiéndose detrás de una puerta, debajo de una
escalera de incendios. Dentro no había mucha diferencia de ambiente. El sonido
de una banda que se hacía llamar ‘Esclavos de la oscuridad’ amenizaba el
ambiente, con algunos jóvenes moviéndose al ritmo de la batería que sonaba en
una repetición constante hasta que el cantante agradecía y volvía a la misma
rutina. Un ritmo de muerte, sexo y locura se respiraba en el aire gracias a la
música y a las personas que componían la amplia clientela. Jóvenes de todas las
edades agitaban sus cuerpos endebles sin poder oir otra cosa que el sonido de
la batería y a veces, de la guitarra que sonaba fuera de tiempo, la voz grave y
gutural del cantante que impedía cualquier tipo de conversación en el lugar por
la mala acústica y la música tan alta. Pero a nadie allí parecía importarle
realmente.
Steve
llevó a Allison hasta la barra y pidió un trago para ambos. No hablaron ante la
imposibilidad de hacerlo, dejándose envolver por el sonido de la música y la última
estrofa de la canción, dedicándose una mirada de tanto en tanto.
Pasó
más o menos una media hora hasta que la banda hizo un receso y la luz azulada
que iluminada el ambiente se volvió más clara, dejando un poco más a la vista a
todos los concurrentes. Unos minutos de búsqueda y el muchacho de cabellera
azabache ya había hecho un minucioso barrido con la mirada, posando la mano en
el hombro de Allison guiando su mirada hacia su presa: el chico de la fotografía se
encontraba allí.
Allisson
no tardó en sonreír posando su mirada bicolor sobre el muchacho rubio. Sí,
hasta ahora no lo habíamos mencionado: Allison padecía de aquel maravilloso don
de la heterocroma: un ojo era del color de las aguas cristalinas del mar, casi
de un verde claro y poderoso mientras, el otro, de un fuerte y brillante azul
cielo.
—Es
tu turno— le susurró Steve al oído quien sólo aceptó aquella instrucción como
si su vida dependiese de ello pensando en lo que se iban a divertir los tres
juntos.
La
muchacha se hizo paso entre la gente y se acercó a su presa pasando frente a él
guiñándole un ojo, coqueteándole descaradamente sabiendo que iba a llegar el
momento en que se acercaría.
Y
no falló. Ella nunca fallaba. La charla se había facilitado entre susurros, lo
que hacía que su táctica para seducirlo, tocarlo y acercarse a él fuera mucho más
efectiva que en cualquier otro sitio. 
Ella,
le dedicó una de sus encantadoras sonrisas y acabó por llegar a un acuerdo con él
de que sería mejor que continuasen en otro lugar, pudiendo hablar con mucha más
tranquilidad.
Steve
después de observar todo, lo esperaba en aquel pasadizo de mala muerte que los conduciría
de nuevo a la ciudad en la que ellos se habían perdido alguna vez y la habían tomado
como punto de referencia para sus encuentros nocturnos. Y aunque elegían a
chicos al azar, justo este muchacho era un asiduo cliente de estos lugares, por
lo que no fue costoso dar con él, ni si quiera les había hecho falta seguirlo
como en otras ocasiones.
Allison
le presentó a Steve, quien les ofreció ir a beber a su casa, mostrándole la
vista increíble que tenían desde su terraza. El extraño aceptó, y Steve
aprovechó para rodear a Allison con su brazo, con una sonrisa electrizante, apretándola
a su cuerpo y reclamándola posesivamente como propia sin decir palabra alguna,
sólo con aquel gesto abrasivo. 
Sería
una noche interesante.
Su
acompañante se llamaba Jim. Y entre la botella de whisky barato que llevaban en
el auto y el alcohol que ya habían tomado en el antro, fueron aflojando los
labios de Jim, riéndose, charlando hasta llegar a la casa. 
Allison
se había sentado en el asiento trasero, junto a su invitado. Steve la miraba
por el espejo retrovisor.
El
viento frío les llegó cuando dejaron la carretera y se internaron en el bosque.
Las estrellas resplandecían y la luna brillaba hermosa en el cielo. 
—¿Te
gusta la casa?— preguntó Allison recostada sobre el pecho de Steve, en las reposeras
de la terraza, entre botellas vacías de mojitos y tequilas, junto a la hermosa
vista hacia un cementerio dejado atrás por los años, el abandono y el olvido de
sus muertos. Un hermoso paisaje.
—Sí,
pero la vista… es demasiado macabra ¿por qué no se mudan?— preguntó algo torpe
por el efecto del alcohol. Y aunque habían tomado la misma cantidad, sus
anfitriones no parecían verse en problemas por ello, estaban demasiado
acostumbrados al alcohol, tanto así que necesitaban mucho más para
emborracharse.
—Porque
es hermoso— respondió Steve mirando al frente, apoyando su quijada sobre la
cabeza de su novia.
La
risa de Jim se desató tras oírlo. Y no supieron por qué pero ellos dos también
se vieron afectados por el sonido carcajeante de su risa, acompañándolo hasta
que les dolió el estómago, olvidándose incluso de por qué se estaban riendo.
—Ya
es hora— le susurró Steve al oído.
Allison
cerró los ojos un instante y respiró profundo.
—Espera—
y volteó hacia el muchacho, viéndolo a los ojos a través del grueso cristal de
sus lentes —quiero probarlo primero—.
—¿Probarlo?—
enarcó una ceja
—Sí,
ya sabes— y lo miró —llevarlo a la cama—
—¿Por
qué?—
—Porque
me gusta— y se deslizó hacia los labios de Steve desabotonando su camisa y
acariciando su pecho —y quiero que tú también participes— sonrió descarada.
No
era algo tan disparatado lo que ella le pedía. En más de una ocasión, lo habían
hecho, aunque llevaban casi seis meses sin llevar a una rata callejera a la
suavidad de su lecho.
Steve
asintió seducido por ella dejando a Allison acercarse a Jim a susurrarle algo
al oído, haciendo que la mirase de arriba abajo, arriesgándose a probar sus
labios amoratados, descubriendo la mezcla de sabores en su boca, terminando por
sentar a Allison sobre sus piernas.
—Sé
dónde estaremos más cómodos— dijo ella relamiéndose los labios de deseo, tomándolo
de la mano y llevando a la habitación.

                                                                                                                Segunda parte>>

Espero que les haya gustado <3

¡Se cuidan!

Bye!

¿Te gustó la entrada?

Haz clic en los corazones ¡y vota!

Votos 0 / 5. Votos: 0

¡No hay votos! Sé el primero en decir que te gusta

4 Comments

  1. Mia Lozano 28 octubre, 2016 at 2:37 pm

    El final es muy sexy… ¡MÁS!

    Reply

Leave A Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *