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La máscara
Do. Mi. Sol. Rasgando las cuerdas de la guitarra forma un acorde sin estar convencido. Hace una mueca, pero hay alguien que empieza a moverse al compás de los improvisados acordes que sus dedos se esmeran en tocar. Conmovido por los movimientos de la misteriosa bailarina, empieza a tocar con más entusiasmo, intentando componer une melodía inspirado por ella.

El cuerpo esbelto salta, se contonea con movimientos sensuales y tan naturales como encantadores, como si fuera ella quién marcara el movimiento de la música: ella era su director. El cabello desteñido en tonos de morado ondeaba al igual que su falda larga y el pañuelo que llevaba en la mano. Su rostro era su mayor misterio: tan sólo una máscara con un gesto inexpresivo lleno de brillos y adornos en espiral era lo único que podía ver en ella. La intriga le llegaba y aunque quería dejar de tocar y levantarse y averiguar cómo era el rostro de aquella doncella que lo guiaba en su música, no quería dejar de tocar. Pensó, por un brevísimo segundo que, si lo hacía, ella podía simplemente irse y quería seguir viéndola danzar. Quería averiguar qué es lo que era capaz de inspirarle al ver mover sus pies tan rápidos en los adoquines.

Se levantó y siguió tocando hasta que golpeó su mano contra las cuerdas haciendo el acorde final cuando ella se acuclilló y estiró su mano al cielo. Ni si quiera se había dado cuenta de que tenían público hasta que los aplaudieron, en ese momento, tan sólo existía él y ella que bailaba con su música.

La bailarina se puso de pie y se fue. Entre las personas y la agilidad de la mujer, no llegó a alcanzarla: sólo su máscara había quedado justo donde ella había hecho su paso final.

A diario iba a sentarse en el mismo lugar. Músico de calle, ella bailarina de calle, con la esperanza de que una vez más, le permitiera ver sus pies descalzos moviéndose según las notas que le dictaban sus gestos. Se había vuelto costumbre empezar cualquier melodía con el mismo acorde: Do, con él había llegado a ella, con suerte, si seguía los mismos pasos, podría invocar su presencia una vez más.

Miraba la máscara que llevaba a diario y la dejaba a su lado antes de comenzar a tocar.

Dos meses y nada. Día tras días y nada.

Se ponía a tocar con aire distraído, pero con atención plena a cada movimiento que a su alrededor se sucediera. Observaba con disimulo cada rostro buscando aquellos ojos penetrantes, oscuros, que lo miraran tras la máscara. Después se fijaba en los pies, tal vez pensando que volvieran a embrujarse con su música y la delataran. Día tras día se levantaba con la misma ilusión y volvía al escenario del primer día. Era más que una obsesión encontrar al ladrón de sus pensamientos. Nadie se cruzó con él, nadie con aquél cabello con toques purpuras que parecía mecerse al ritmo mismo de la música.

Necesitaba saber cómo su música le transmitía esos movimientos, qué le habían hecho sentir los múltiples acordes que tocó para ella. Pues solo para ella tocaba al final.

Día tras día recorría la calle arriba y abajo, así como las colindantes, suspirando cruzarse con ella y volverla a ver volar con su música.

Aquella tarde ya había tirado la toalla. Demasiados días buscando una quimera, un imposible. Sería el último día que buscaría errante a su musa por las calles.

Había descuidado sus obligaciones y poco a poco el bolsillo iba vaciándose. Buscaría otra zona, donde la sorpresa de su música atrajera nuevos transeúntes. Bajo sus pies un “crac” le sacó de su ensimismamiento. Se agachó al ver que lo que acababa de estrujar con sus pies le resultaba conocido. Impresionado recogió los restos de su pisada. ¡Una máscara! Una máscara igual a la encontrada aquella tarde, única prueba de que ella no había sido un sueño.
Casualidad, premonición, karma… Una pequeña tarjeta colgaba de una esquina al final de un hilo dorado. Media etiqueta, con lo que parecía la dirección de un pequeño bazar al final de la calle. Se paró frente al escaparate. Unos ojos le miraron desde dentro. ¡Esos ojos!

Se dirigió a la puerta y entró sin dilación. Dos o tres clientes recorriendo los estantes. Una dependienta saludándole al entrar. ¿Dónde estaban esos ojos?

Se encontraba en un local rectangular con una puerta de entrada/salida frente a otra. Al mirar al fondo, se percató que acababa de cerrarse. Corrió hasta ella, la abrió con ímpetu y ya en la calle miró a derecha e izquierda. Vio alejarse un autobús, y mientras se alejaba de sus ojos creyó ver su melena tintada reposando en la espalda de una pasajera. Paró un taxi, y le pidió que siguiera al autobús. No era misión fácil: sortear el tráfico que se cruzaba, evitar los semáforos para no perder al autobús, conseguir parar detrás del bus en cada parada, controlar las personas que bajaban.

Hacía rato que no veía la melena morada que le había devuelto la esperanza de encontrarla. Pero tampoco había visto salir a nadie con esas características. Otra parada. Difícil parar. Ella baja. La ve justo antes de que el taxi adelanta al autobús. Para delante, el taxi, y al bajarse la ve desaparecer entre la gente. De nuevo. Corre tras ella.

Su corazón latía a mil entre los nervios y el miedo a perder tremenda oportunidad. No podía terminar de creer lo que estaba viviendo en tan pocas horas y cómo tan fácil esa muchacha se le escurría apenas le alcanzaba con la mirada. Tras una cuadra después de abandonar el taxi, a paso veloz, lo que el agotamiento mental y físico le dificultan seguir corriendo, continuaba siguiendo con la vista la melena que acompañaba esos ojos que tanto le habían cautivado. El día que había tocado tampoco ayudaba mucho. Entre el calor del sol y la caminata, la necesidad de llenar su boca con agua fresca iba en aumento.

Casi la alcanzaba cuando chocó con una mujer que salía distraída de una tienda. Ésta le gritó de forma grosera por no prestar atención en su camino, obligándolo a voltear para darle una disculpa rápida. “¡Maldición!”, pensó cuando regresó su mirada al cruce que había enfrente. La había vuelto a perder de vista y ahora tenía tres posibles caminos que podría haber tomado. Corrió como pudo los últimos metros hasta llegar al cruce y se puso en puntas de pie para intentar ver sobre la muchedumbre. Odiaba ir al centro de la ciudad en feriados y a esa hora exactamente por eso, siempre se convertía en un hormiguero humano.

A lo lejos, antes del siguiente semáforo, a mitad de cuadra, la vio cruzando la calle en diagonal y enseguida continuó su aventura en búsqueda de esos ojos. Por suerte, algo la detuvo en esa misma cuadra a la que había cruzado. Vio de lejos cómo un muchacho adolescente le intentaba vender medias, casi rogándole, lo que provocó que ella se detuviera a comprarle un par. Bendijo mentalmente al chico mientras apuraba el paso. Estaba a nada de alcanzarla. Se cruzó con el vendedor ambulante, pero lo esquivó con una furiosa mirada de cansancio para que no le hiciera perder tiempo ni a la muchacha que seguía.

Vio entrar la melena morada en un bar llamado “El gaucho” y él entró por detrás. Dudó en llamarla, pues no sabía ni su nombre. Tampoco le dio tiempo, ya que ella se metió directo por detrás del mostrador hacia la cocina. Él se sentó en una mesa de la esquina y la vio salir al rato con una camiseta diferente y no tan bonita como la que traía antes. La había seguido hasta su trabajo sin tener idea de ello y no sabía qué hacer para entrar en contacto con ella. Otra moza se le acercó para tomarle el pedido. Pidió agua fresca y un té con medialunas, mientras no dejaba de observar a la dueña de esos ojos cautivadores, quien charlaba con su compañero de trabajo. En un momento ella volteó hacia él y le sonrió de una forma que no podía creer que tal belleza existiera en semejante ciudad. Notó su cara arder y su corazón latir como nunca. Se sentía como un adolescente enamorado.

Ojalá hubiese sido solo eso. Además de ese anhelo, de esa urgencia loca de ganar la atención de aquellos ojos hermosos, de acariciar ese cabello violeta, de llenar sus oídos de las palabras que viniesen de aquella boca —y, por los dioses, esa boca era un capítulo aparte en su recién nacida obsesión—, había algo más.

En su corazón también tenía el deseo más íntimo, la necesidad más inocente de todas. Quería exclusividad. Era una pena, porque él jamás había aprendido cómo ganarse las cosas en su vida, mucho menos iba a saber conquistar a las personas.

Por eso, creyó que aquel ardor en el bajo vientre era el preludio de algo importante. Pensó que la asfixia de su obsesión era el signo de un amor puro, de película. Pero no era tan tonto como para creer que acercarse a ella era una opción. Nada podía ser más imposible en ese momento, con su tartamudeo nervioso al agradecer a la simple camarera que le traía su pedido a la mesa, o sus manos sudorosas al pretender comerse las medialunas.

Esa muchacha ahora era su diosa. Él, un simple mortal, adorándola, creando un nuevo culto secreto en el cual refugiarse para amarla por siempre, de lejos.

Y la amó, cada momento de aquella tarde, mientras atendía a otros clientes más afortunados que él. La idolatró en cada paso apurado, en los movimientos llenos de gracia de su brazo al limpiar las mesas con el trapo que luego colgaba del delantal de su uniforme, sobre el pantalón de jean. Se deleitó cuando la oyó pedir las cuentas al tipo con cara de idiota en la caja. Sonrió como un tonto, al verla maniobrar con una montaña de vasos de vidrio y tazas vacías sobre la bandeja, restos de las mesas de los clientes que se marchaban. Que se marchaban porque no se detenían dos segundos a mirarla, mirarla de verdad. Porque él lo sabía. Cualquiera que se hubiese parado a verla, no hubiese podido abandonar jamás aquel bar.

Por un momento, él mismo temió no poder levantarse de esa silla. Podía enraizarse en ese lugar y convertirse en una estatua, en medio del local.

Estaba ensimismado en sus delirios de enamorado, cuando la vio cruzar miradas con otro de los camareros. Ella iba en pleno camino, con semejante peso, y se echó un bailecito antes de atravesar la puerta de la cocina. Aquella demostración de humor, de fuerza y coordinación, al otro empleado le arrancó una carcajada y a él terminó por conquistarlo.

No podía quedarse sin hacer algo. No había manera. No iba a conformarse con observar tan de lejos. Con exagerado dramatismo, supo que no le alcanzaría el dinero para comer el resto de sus comidas, por el resto de su vida, solamente allí. Tampoco podría irse con tanta tranquilidad, a estas alturas. Por algo la había seguido.

Entonces, lo vio. Sobre la vidriera, hacia la calle, había un cartel.

En ese momento comprendió que era cosa del destino, al leer las tres palabras que se encontraban en el cartel.
Ingresó a trabajar a aquel bar de bartender, algo de lo cual no tenía ni la más mínima idea, pero convenció al dueño que era su mejor elección. Todo eso le brindó oportunidades de hablar con la mujer, que le sonreía con calidez intentando integrarlo al equipo de trabajo. Cruzaron algunas palabras, el de verdad estaba esforzándose de forma discreta, llegando poco a poco hacia ella, sin forzar nada, con pasos lentos, ya que tenía todo el tiempo del mundo, contemplándola trabajar desde una corta distancia y ver sus maniobras que ella solía inventarse.

El estaba seguro que más que estar enamorado, la amaba tan intensamente que estar lejos de ella, cuando terminaba su turno o ella se marcaba, le dolía tanto que sentía como el aire abandonaba su cuerpo. La necesitaba, cada día requería más y más de su presencia, su ligero aroma que emanaba de su cuerpo y esa mirada tan brillante llegaba en contraste con esa sonrisa que iluminaba hasta la cueva más oscura.

No podía estar más equivocado.

Se percató una noche de viernes, la mirada de aquel otro mesero, esa mirada que el reconocía muy bien ya que es la misma con la cual el solía observarla todo el tiempo. Su compañero había visto una milésima de lo que el mismo veía en ella y eso era un problema. Sin embargo, pensó que no debería preocuparse.

Un malestar lo golpeó en la boca del estómago cuando, días después, los vio muy cerca, en la parte trasera del bar, riendo y a ella juguetear con un mechón de su cabello. Retrocedió sobre sus pasos cuando ellos se percataron de su presencia y vio al sujeto guiñarle el ojo.

Las ideas comenzaron a invadir su cabeza hasta que una ganó protagonismo y él simplemente sonrió en señal de arrepentimiento o eso intento transmitir, lográndolo con éxito. Las cosas se acomodarían con el tiempo ya que ellos estaban destinados a estar juntos.

Una semana más tarde el dueño del local estaba desesperado cuando él llegó a su turno. Se le acercó de forma intensa y presurosa preguntando si sabía que había sucedido con ella y el otro empleado, ya que no habían llegado a su turno de la mañana.

—Huyeron —habló tan sencillamente, al tiempo que dejaba sus cosas bajo la barra del bar y le aseguro al hombre de barba que los había escuchado hace unos días sobre su plan.

El dueño simplemente vociferó con fuerza y volvió a colgar un anuncio en las afueras de la tienda solicitando empleados con urgencias, creyendo en la versión del bartender, sin dudar.

Él tuvo que ser de camarero durante unas noches mientras conseguían los reemplazos necesarios. Solía ayudar de vez en cuando en la cocina por la escasez del personal. Fue a la nevera buscando unas carnes que el cocinero le pidió, el rebuscó hasta el fondo y una vez que las encontró acomodó todo de tal manera que la cabeza decapitada de aquel camarero que se atrevió a mirar a su mujer, quedará oculta entre los productos. Solamente le faltaba deshacerse de esa parte, aunque la actividad en el bar había sido tal, que le había resultado imposible.

Bartender, era un ser siniestro, solitario a pesar de llevar casado más de diez años nunca hizo feliz a su mujer, cada noche desde hacía una semana cuando se acostaba su mente era infernal, veía como ese camarero de poco pelo, besaba a su mujer y está se relamía de gusto.

Sus ojos eran sangrientos, él era consciente que ya le había engañado más veces, pero esta vez era distinto, ella se había enamorado, y eso en una mujer casada es peligroso.

Pensaba la manera de deshacerse de la cabeza de ese ingrato que le engaño de la manera más vil, él sabía que su mejor era su vida, pero no le importo engatusarla ofreciéndole una vida mejor, ignorante solo quería su cuerpo, una vez gozado la habría abandonado, él sabía de la calaña de esos tipos.

Ahora tenía que hacer algo lo antes posible la cabeza debía de desaparecer, pero ¿cómo?

Aquella noche se quedó al cierre del bar, todavía no habían contratado a nadie, pues era un trabajo duro y mal remunerado, cuando todos se marcharon fue a la cocina y saco del frigorífico la cabeza decapitada.

Cogió el cuchillo y saco los ojos, estos los guardo en su bolsillo, después con un golpe seco partió la cabeza por la mitad, aquellos sesos los dejo en el congelador, servirían para hacer alguna sopa. El resto fue cortando poco a poco, hasta que llegó a la boca…

Se quedó atónito aquel hijo de su madre, en la profunda garganta tenía un regalito: una bolsa de plástico y dentro de ella… nada más y nada menos que cinco gramos de cocaína.

Aún estaba atónito ante aquel descubrimiento. ¿Cómo carajo se había introducido eso ahí? No podía creer que ese vil criminal tuviera otros asuntos aún más turbios que destrozarle la vida a la gente. A pesar de que se moría de ganas de seguir con su tortura, aunque él ya no lo sintiera, sabía que esa bolsita no solo podría traerle una gran fortuna sino también muchos dolores de cabeza. Si tenía droga dentro de su cuerpo, eso quería decir dos cosas: que era una mula y debía llevarlo alguna parte o que era consumidor y necesitaba de su droga para vivir.

No tenía pinta de ser una persona adinerada, así que posiblemente tendría deudas y tanto fuera una como la otra opción habría gente que estaría buscándolo y tampoco quería verse involucrado en aquello, pero también podría sacarle partido.

Durante más rato de lo necesario estuvo con aquella bolita de plástico blanca en su mano. Tenía que decidir hacer algo, debía volver a casa y seguir con su vida, borrar cualquier rastro de aquel hombre y fingir que nada había sucedido, pero con todo aquel festín de sesos y demás, no podía concentrarse. Tomo aire, dejó la cocaína dentro de un vasito y comenzó a limpiar todo, a guardar lo que quedaba y apagó las luces para marcharse a su casa. Quería meditar su siguiente actuación con calma y sin los nervios a flor de piel.

Cuando el alba despunto todo parecía diferente. Al llegar a su sitio de trabajo, abrió la puerta del frigorífico donde había guardado todo, cogió la cocaína también y preparó un suculento plato con todo el cadáver del hombre. Sonrió contento cuando escuchó la voz de él familiar de la víctima. Sabía que aquella pobre mujer no sabía de lo ocurrido, pero en cierto modo era tan culpable como él, después de todo. mientras el hombre rogaba por su vida, dijo que fue ella quien había puesto la idea en su cabeza. Ella había empezado todo aquello y sería ella quien lo terminaría.

Una muerte por sobredosis de cocaína sería suficiente para ocultar los restos de ADN humano en la comida. Si ella moría, todo quedaría cerrado y nadie lo involucraría en el crimen. Después de todo, cuando hay drogas de por medio… nunca se busca más allá de eso.

¡Hola, hola, mis amores! ¿Cómo están? Espero que encantados con el resultado de este cadáver exquisito que, efectivamente, acabó con un cadáver ¿Quién iba a imaginar semejante cosa? Espero que se hayan divertido escribiendo esto y les agradezco a todos sus participación.

Bleiÿ

Campirela

Cath

Uuntulis

José Lezcano

Cyn

Sin ustedes no habría sido posible esto.

¡Un abrazo!

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5 Comments

  1. El Demiurgo de Hurlingham 21 octubre, 2020 at 10:14 pm

    Que giro argumental-.
    Pareció que la misteriosa bailarina era como una musa.
    Luego la fue a buscar.
    Y terminó con su inminente asesinato. Que cínico resultó el supuesto enamorada.
    Bien contado.

    Reply
  2. Úuntulis 21 octubre, 2020 at 10:25 pm

    OMG.
    Que cosa mas retorcida(?
    Mira que ver unido todo se ve tan…¡Bien! Me ha encantado ciertamente, aunque todo el desarrollo es sumamente raro, ha sido muy divertido, he disfrutado participar aunque mira que de algo tan lindo surgio algo tan oscuro.

    ¡Gracias por participar!

    Reply
  3. Gisela «Bleiÿ» Brito 21 octubre, 2020 at 11:27 pm

    ¡Holitas, Roxana!

    Que genial poder ver el resultado del cadaver exquisito, me divirtió mucho el resultado y me impresionó cómo fue enturbiándose la historia. Es increíble cómo los pequeños detalles que cada participante desconocía fueron llevando la historia a un final tan inesperado y nada que ver con el inicio. Me ha alegrado el día leer la historia que escribimos entre tantos. Muchas gracias por tan bonita actividad y, si llegas a organizar otro, también me gustará sumarme.

    Espero que estés muy bien y te deseo una excelente semana.

    ¡Abrazos grandes!

    Reply
  4. campirela_ 22 octubre, 2020 at 6:48 am

    Bravo Roxana siempre gracias a ti que hiciste capaz todo ello , por la parte que me corresponde fue un verdadero placer poder participar y la verdad quedo genial . un besote con todo cariño.

    Reply
  5. Jose Lezcano 24 octubre, 2020 at 6:32 pm

    La verdad, tenía ganas ya de ver el resultado de este mi primer “cadáver exquisito”. Nunca hubiera imaginado que pudiéramos hacer, de esta manera, un relato con una mínima consistencia. Y, ¡voilà!.
    Encantada de haber participado .
    Saludos.

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