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Los muertos no dan beso
Entre el humo de cigarro y el extraño olor que entra por la ventana de la estación de servicio de al lado, se sumía en su anestésico. La nostalgia le abrasa los nervios y para no olvidarse que aún le duele, echa sal en la herida y la rasca con los dedos hasta dejarla en carne viva.

Toma el trago para sus mariposas ahogadas en vodka y de una pitada al pucho, se fuma sus sentimientos. El diablo ya no lo espera ni lo acecha, se ha dado cuenta de que él es suficiente verdugo para sí mismo. Cada recuerdo es una bala que le atraviesa el corazón, pero no lo destruye. Lo sangra, lo quema, lo desgarra un poco más, pero sin que se llegue a ser mortal.

Jura que la ama, pero aún no puede abandonar la casa. Su espíritu aun revolotea entre la cocina y la biblioteca. Siente su perfume imponerse ante su whisky y se ríe ante su duelo que persiste en un tiempo que se estanca.

La promesa resuena entre los hielos del trago sin que sus sentimientos puedan ser ahogados. Está seguro de que el dolor le estrujara los años. Aun así, se queda, enciende otro cigarro. Ya no hay más siestas en la sala y hasta las partículas de polvo ya no bailan igual en la ventana. Y hasta está seguro, que la luna tucumana que se cuela en su casa ya no es capaz de enamorar a Atahualpa… y es todo porque falta.

Se levanta y a la semana, piensa en quitarse la barba, sabe que ella la odiaba. Se sacude las ganas y el desconsuelo y el agua de la ducha le quita las costumbres que ya no usa. Está perdido y lo acepta, sabe que la casa ya no es su casa porque ella falta. Y antes de seguir juntando polvo en sus recuerdos, lo tira todo. Los besos, los recuerdos, hasta las marcas que le dejó en su cuerpo y se marcha.

Sabe que los muertos no dan besos y aunque le sobran los motivos para olvidarla, en alguna parte de su alma está el fatídico deseo de encontrarla y volver a amarla.

La eternidad le pesa, le detiene el reloj, le quita la esperanza. Nada lo llama, pero hay leyendas que hablan de curar la muerte. Sabe que es irreal, pero no le queda a nada más que apostar. Cuelga una mochila en su hombro con lo justo y necesario, despide al fantasma que habita la casa, con más mentiras que verdades; con menos sueños y más realidades; con una promesa que desea hacer realidad, aunque sólo sea una mentira más…



¡Hola, hola, mis queridos soñadores! ¿Cómo están? ¿Qué tal pasan la cuarentena? Aquí está que hiela además, ideal para quedar en casa que hasta nieve ya hay.

Hoy les traigo este cuento, aún no sé cómo surgió porque escribía otra cosa cuando la idea de las mariposas ahogadas en vodka me llegó y tenía que escribirlo. Además, hacía tiempo que quería volver a participar en la convocatoria de Fuego en las palabras, pero siempre estoy con el tiempo justo y se me pasan los retos. Así que esta vez, que es tiempo extendido ¡no podía faltar! Los invito a sumarse y a leer a los participantes, por supuesto.

En esta ocasión, teníamos que titular el relato y hacerlo girar en torno a Los muertos no dan besos. ¿Ya ven cómo no podía perderme semejante consigna?

Espero disfruten de la historia

¡Un abrazo!

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4 Comments

  1. Campirela_ 9 julio, 2020 at 6:20 am

    Buenos días te salio un gran texto , y dudo en la pregunta . Yo si creo que los muertos den besos . Espero que estes bien y sigas con tus tanta cosas , Un besazo .

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  2. Citu 9 julio, 2020 at 10:09 pm

    Uy hasta un poco de miedo me diste buena forma de plantear el entorno y la historia. Te salio genial

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  3. Rebeca 22 julio, 2020 at 12:34 pm

    Parece que el demonio lo tuvo fácil, porque él era en realidad su peor enemigo. Empeñado en aferrarse a un pasado doloroso. Mil gracias por participar en mi reto, Roxana.

    Un abrazo.

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  4. Cyn Romero 8 agosto, 2020 at 9:37 pm

    Hermoso e intenso relato. Pude sentir esa ausencia. Me encanta pasar por acá, leerte es un gusto enorme.
    Que sigas bien, un abrazo.

    Reply

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