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El maniquí
—Por algún camino yo la encontraré y la abrazaré. Y sobre su boca mi boca pondré y la besaré —cantaba peinando la peluca que acababa de poner sobre el maniquí. Todos los días cambiaba su peinado por uno nuevo, le ponía ropa a la moda y se encargaba de retocar el maquillaje. Hoy llevaba un vestido blanco con una transparencia coral que, según le dijo al terminar de cantar, combinaba a la perfección con el color de su lápiz labial. Fue a buscar un par de zapatos de tacón y con cuidado, movió el maniquí sobre ellos y se los acomodó. —Estamos cerca. Tan sólo faltan unas horas —le explicó acomodando la falda del vestido para que no tuviera ninguna arruga. Se alejó y colocó el espejo en frente del maniquí y le dijo que estaba hermosa.

Abrió la ventana, la luz de la luna bañó el maniquí y lo hizo brillar. Él se sonrió e imaginó a su amada en su lugar, bajo la luz de la noche brillando con luz propia, moviéndose grácil y sensual causando la envidia de los astros y hasta de las más bellas flores…

El reloj cucú lo hizo brincar del susto dándose cuenta de que ya iba tarde, corrió a buscar la daga y el resto de las cosas. Doce y doce, el minuto y segundo exacto debía ser o de lo contrario, nada iba a funcionar. Esparció todo en la mesa y lo fue colocando tal cuál las instrucciones que ella le había dejado. Al morir, tenía sólo un deseo: volver a la vida y sólo existía una forma. El doce de diciembre la lluvia de estrellas sería la que haría efectivo el ritual que la devolvería a la vida. Más, él tenía que seguir todo al pie de la letra o de lo contrario, no volvería. Era un suceso que pasaba una vez cada cien años y hasta entonces…

Colocó las hierbas a sus pies, formando un circulo y luego, colgó la bosa con huesos y hierbas en el cuello del maniquí. El cabello de la peluca era de ella, antes de morir lo había hecho, así que daba por cumplido ese paso. Ahora, venía el más importante: su sangre. Debía cortarse la vena de la muñeca con una daga de oro blanco un objeto que le salió carísimo y le costó horrores encontrar. Por poco, pensó en dejar todo y seguir con su vida, más, al hallar la daga en una subasta sus esperanzas y ganas de continuar revivieron. Desde entonces, pasó un año esperando el momento perfecto para llegar a ese día que se reencontrarían.

Miró el reloj y contó los segundos exactos para hacer la herida en su cuerpo y dibujar en los brazos y el pecho del maniquí con su sangre. Se apretó el brazo y tomó un cuaderno del que leyó algo en un idioma que él desconocía, sin embargo, sabía pronunciar: fue una de las últimas cosas que ella le enseñó antes de partir. Pasaron unos minutos después de que terminó. Las nubes fueron cubriendo lentamente a la luna y la habitación se oscurecía. El maniquí seguía ahí, quieto, inmóvil. Desesperado, él leyó cada una de las instrucciones pensando en qué se había equivocado para no obtener resultados. Cayó al suelo de rodillas, ya ni siquiera se preocupó por la herida de su muñeca, sólo se lamentó de no haber logrado traerla de vuelta a la vida, renegando que no podría verla una vez más.

—Sólo en sueños… —murmuró acongojado y unos dedos fríos y plásticos se posaron en su mentón y lo hicieron mirar hacia arriba. El cuerpo plástico del maniquí limitaba sus movimientos, pero era ella. La sonrisa, la mirada que le dio, hasta el gesto que hizo con su dedo para que se pusiera de pie: era ella ¡era ella! Las lagrimas comenzaron a derramarse de sus ojos de la felicidad sin poder expresarle lo mucho que la había extrañado, que quería estar con ella.

Ella, coqueta lo abrazó y con dedos agiles, lo rodeó por el cuello y lo atrajo hacia ella presionando sus labios fríos hacia los de él. Por un momento, se relajó: lo más importante se cumplió. No era una mujer de carne y hueso, pero era suficiente para él: volverían a estar juntos.

No eran los planes de ella.

Acarició la espalda de él y lo tanteó entre sus vértebras, rompiendo sus huesos hasta llegar a su corazón. Él no pudo decir nada, pero la sorpresa después de la traición quedó marcada en cada uno de los músculos de su cara. Ella sacó el órgano y tiró al cuerpo al suelo, no sin luchar para quitar su mano de la cavidad que acababa de hacer. Aplastó el corazón contra su pecho y recitó la última parte del hechizo: lo más doloroso venía ahora. Su cuerpo comenzó a palpitar y retorcerse hasta que se volvió humano por completo. Empapada en sudor y sangre, la mujer se irguió aún resintiendo el dolor en su nuevo cuerpo, pero, lucía tan bien. Joven, bonita, con la piel tersa y un futuro por delante, un mañana que antes no había tenido. Miró su ropa admirando el buen gusto al vestirla y luego, fue al espejo y se vio tan bella como a sus veinte. Miró el cuerpo tendido en el suelo por el reflejo del espejo y le sonrió dándole las gracias por su nuevo cuerpo. Dicho eso, se cambió por ropa limpia, tomó su bolso y se fue de la casa para nunca volver.

Hasta que necesitara otro cuerpo y otro amante.



TormentaÍndiceMareado

Día 18: Trampa

¡Hola, hola, mis soñadores! ¿Cómo están? Lento, pero seguro. Eso sí. Cuando se me ocurrió esta idea, tenía sí o sí la canción de Sandro sonando en mi cabeza ¡y tenía que agregarla! Uno de mis temas favoritos de El gitano. Casualmente, también tiene una canción que habla sobre un maniquí. Lo dije: era justo para él este cuento.

Es un clásico, que creo, todo el mundo debe haber escuchado una vez al menos. Igual, se los dejo por si quieren recordarlo:

Espero que les haya gustado.

¡Un abrazo!

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2 Comments

  1. El Demiurgo de Hurlingham 7 diciembre, 2020 at 10:55 am

    Me suponía que el ritual funcionaría, que el personaje estaba actuando de demiurgo. Lo cual tendría un alto riesgo.
    Riesgo que se fue haciendo más evidente, cuando se fue revelando que pronunciaba ese esotérico lenguaje, sin entenderlo. Que obedecía ciegamente un ritual, siguiendo ciegamente las instrucciones de ella, antes de morir.
    Sospecho que de haber sabido el precio de regresar, lo habría hecho igual,.

    Que buena historia.
    Besos.

    Reply
  2. Campirela_ 7 diciembre, 2020 at 5:32 pm

    Muy buen relato donde pensé por un momento que serían felices y comerían perdices..nada más lejos de la realidad .
    Me alegra de volver a leerte. Un besazo y feliz semana.

    Reply

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