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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Me voy reintegrando un poquito a las convocatorias jueveras que las he tenido un poco abandonadas por mi falta de organización, de tiempo y demases >.< aunque la semana pasada iba a participar, pero me excedí en la extensión y pasó, pues, no lo reducí al texto al final :,D Esta semana, espero andar mejor (?).
Nos toca hablar de tentaciones, de caer en ellas o evitarlas y nuestra coordinadora es Leonor, por si aun no han visto la propuesta y tienen ánimos para sumarse o leer a los demás participantes, los invito a que pasen por aquí.
Tentaciones
Estaba al borde del precipicio. Miraba hacia abajo y se arrepentía de haber subido ¡era una locura la altura a la que estaba! Se aferró con fuerza cuando resbaló y balbuceó algo inentendible intentando mantenerse en su camino hacia arriba, poniendo todas sus fuerzas en ello.

Una vez logró estabilizarse, estiró el cuello hacia arriba intentando ver la cima de esa manera. Estaba cerca, podía sentirlo, podía verlo ¡hasta el aire era distinto allá arriba! El aroma dulce de la victoria llegaba hasta él. Se aferró a su objetivo hasta el final e hizo un último esfuerzo, sintiendo el suelo bajo él y corriendo hacia la montaña de galletas recién horneadas. Él, agarró la que estaba debajo de todas, en la base, provocando un derrumbe que lo hizo correr con la galleta en el pico al grito de ¡mamá!; subiéndose hasta la manija del horno eléctrico de la mesada, viendo el desastre que acababa de generar en tan sólo un instante. Tomó la galleta con la pata y comenzó a comer con toda tranquilidad, juntando las miguitas que caían al borde de la manija.

Casi había caído varias veces por la manta por la que había trepado, pero había valido la pena al llegar al final. Al menos, hasta que llegara su dueña y viera el desastre que había hecho el lorito. Pero había valido la pena.

Basado en una historia real (?) o algo así. Fue un día que hice galletas y mi loro estaba ansioso por comer, que se la paso imitando el ruido de la cacerola —lo hace cuando quiere algo—. Lo dejé en el aro y cuando volví a la cocina, lo vi colgado del mantel de la mesada en donde estaban las galletas, luchando por subir hasta arriba —pues, no sabe volar, es demasiado cobarde para aprender, así que se trepa a todos lados, no importa cómo, se las ingenia—. Se debe haber quemado, porque las galletas estaban recién salidas del horno, pero no hubo fuerza humana que lo hiciera dejarla. Quedó satisfecho al menos.

Espero les haya gustado.

¡Se cuidan!

Bye!

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