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Renaceré
La caja estaba ahí. Era un pequeño cofrecito de madera lacada. Tenía un rostro de hierro en relieve a modo de cierre y justo en donde quedaba la boca, estaba el hueco para el candado. Era horrible. Estaba siempre sobre la chimenea y daba una sensación horrible cada vez que iba a la cocina y la veía ahí, con los ojos abiertos y la boca cerrada, clamando que la abriera. Mi madre siempre me lo prohibió, me decía que iba a romper su valioso contenido, razón por la que nunca me dio la llave y por alguna razón, jamás tuve ganas de averiguar qué es lo que había allí dentro. La sensación de tener esa caja entre mis manos me daba escalofríos. Había una mariposa que siempre se posaba encima de la caja. Era de esas mariposas grandes, de las que parecen que tienen dos ojos en las alas. Mi madre siempre decía que no había que matarlas porque daban suerte, por lo mismo, cuando una entraba a la casa, había que dejarla hacer de las suyas hasta que desaparecía para no “echar la suerte a la calle”.

Cuando estaba en la chimenea, en invierno, solía ponerle un repasador o una de las mantillas de encaje que hacia mi abuela, así no la veía. Así, lograba pasar un tiempo cómoda junto al fuego en las tardes de frío. Aún recuerdo a mi madre blanquear los ojos cuando le decía que no me gustaba y terminaba descubriéndola. Y me hacía sentir incómoda.

Así fue hasta que me fui de casa que no volví a ver la caja hasta ahora. Mi madre me la dejo porque sería la única que la cuidaría, dijo en su testamento, que sabía que yo era la única a la que no le interesaba su contenido, por eso, me la confiaba. De todas las cosas que podía dejarme, esa es la que menos esperaba. Aún así, después de darnos las cosas que ella quería que tuviéramos, podíamos ir a casa y tomar lo que quisiéramos. Mis hermanos y yo acordamos un día para ir los cuatro y así, hacer la limpieza de la casa. Tiraríamos lo que no sirviera, veríamos que sí servía y arreglaríamos con lo que quedara en la casa, así la desocupábamos para venderla, ya que ninguno de nosotros quería vivir ahí. No íbamos a poder quedarnos con tantos recuerdos después de todo.

Entrar a casa a sabiendas que mamá no iba a salir a recibirnos fue lo más difícil de todo y probablemente, lo que más nos costó. Tomar aire, juntar coraje e intercambiar miradas entre nosotros como preguntándonos con la mirada si estábamos listos para eso. Sin decir nada, Mauricio bajó el picaporte y entramos. El silencio nos abrumó al ingresar.

La cocina estaba vacía, la radio ya no estaba prendida todo el día para “simular que había alguien en la casa y no entraran a robar. Porque si escuchaban voces, sabrían que había gente dentro”, mamá siempre lo decía y era regla salir de casa y dejar la radio encendida o la putiza que recibíamos al regresar no tenía nombre. Lo mismo con las luces. No importa qué hora fuera ni qué tan tarde llegáramos a casa, la luz de la cocina siempre estaba encendida cuando uno de nosotros estaba fuera de casa. Ahora, todo estaba oscuro. Ya no estaba mamá esperándonos.

Empezamos por la cocina. Ninguno decía nada al respecto salvo “¿esto sirve o lo tiramos?” y así, con todas las cosas. “¿Quién lo quiere?”. Fue así hasta que sacamos de la alacena los vasos de colección que traía la soda hará ¡uff! Cuando los chanchos volaban. Éramos chicos y cada uno tenía un vaso con forma. El mío era el del Pato Lucas. Mauricio tenía al Demonio de Tasmania, Marina a Piolín y Fernando a Bugs Bunny.

—Yo quiero el mío —dije sin pensarlo y poco a poco, se fueron sumando ellos también. Y comenzamos a hablar un poco más, recordando cuando éramos chicos y mamá nos servía la chocolatada en estos vasos y hacia bollo con chicharrón o sus mantecados que eran todo menos mantecados, pero eran riquísimos. Ella se había inventado unas galletas que no tenían comparación con ninguna de la mejor gastronomía: las suyas eran siempre y por lejos, las mejores de todas.

Encendimos la radio mientras todavía estaba el programa de Carrizo, justo cuando hacían la pausa de Jabón la Mariposa.

—¿Y a mí qué me importa? —dijo Mauricio la típica frase que mamá decía cada vez que la radio le recordaba la hora y la hacía pensar que ya estaba tarde para hacer el almuerzo.

Pedimos comida y todo se hizo un poco más ameno mientras íbamos vaciando las habitaciones y acomodando las cosas. No terminamos en la tarde, pero más o menos, teníamos la habitación más grande cubierta, así que lo demás iba a ser mucho más sencillo. Pero estábamos cansados y sabíamos que todos estábamos conteniendo las ganas de llorar ahí. Teníamos los ojos acuosos y la nariz roja, aunque decíamos que era por el polvo de las cosas viejas que nos había irritado la nariz. Ya habíamos llorado mucho como para que la pena nos volviera a tirar abajo, pero era difícil escapar de ella así como así, cuando los recuerdos te golpeaban en cada rincón, en cada aparato, en cada uno de los utensilios y adornos que había en la casa.

Por las buenas, cortamos a eso de las siete y cada uno fue a su casa. Llevábamos lo que podíamos cargar y dejamos varios bultos de basura en los pilares de la entrada, luego, volveríamos.

Yo llegué a casa y caí en el sillón rendida. Ni miré la bolsa que había traído, la dejaría para después, por ahora, quería dormir. Cerré los ojos y me sentí incómoda y volví a abrirlos. Ahí estaba la caja de madera, me había olvidado que la dejé en la mesa de centro. La agarré y la miré por todos lados. Tenía la llave y al pensar en abrirla, un escalofrío me recorrió la espalda.

«No la abras» Fue un susurro que sentí muy claro detrás de mí. Se me puso la piel de gallina saltando del sillón y tan bruta, acabé retrocediendo, cayendo sobre la mesa. La caja rodó por el suelo y la llave acabó debajo del sillón. Maldije por el golpe y por la estúpida caja. ¿Por qué tenía que dejármela a mí? No la quiero. Más con esto ahora. ¿Y si hay algo? Estúpida caja, estúpida, estúpida caja. La agarré y llevé una silla hacia una de las habitaciones, subí y abrí la parte superior del ropero donde tiré la caja y una mariposa entró. Estaba enojada y angustiada como para preocuparme por la mariposa, así que cerré la puerta sin pensar en ella. Pero… algo lo detuvo. Una mano que se formaba una estela blanca de luz o de humo. Quizá, polvo, no estaba segura, pero no quería saberlo. No podía moverme del miedo, quedé paralizada ahí, en frente de esa mano que iba tomando forma y se iba extendiendo el humo hacia un brazo que salía de la parte superior del ropero. Tartamudeé y algo me empujó lejos, contra la ventana, pegándome en el marco de la misma en la columna. El golpe me dejó atontada, pero podía ver a la perfección el cuerpo de aquel ser nebuloso, pero que iba tomando forma humana… o eso parecía.

Se me acercó y gateé hasta quedar contra la pared, hecha un mar de lagrimas y sin fuerzas para ponerme de pie. Me tomó del cuello y lo rompió.

En el suelo, se podían ver las alas de la mariposa y las astillas de la madera rota.



Miedo y Nostalgia
¡Hola, hola, soñadores! ¿Cómo están? No sé si estoy sensible o qué, pero a mitad del relato iba llorando y escribiéndolo. A pesar de que sea de terror ¡ah, que me pegó fuerte escribir esto!

Voy super atrasada con este reto, pero llego, que es lo que importa. En esta ocasión, había dos sentimientos que plasmar debido a que en Octubre no hubo participación. Así que va doble reto.

Ha decir verdad, por poco no llego con esto, que estoy sobre la fecha y con el NaNo, poco para escribir algo más allá de la novela me queda ¡Pero hago lo posible por seguir!

Espero que les haya gustado el relato. Estaré un poco más activa con el blog que tengo muchas cosas que publicarle y contarles de paso.

No me extiendo más, les deseo un buen fin de semana.

¡Un abrazo!

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5 Comments

  1. campirela_ 22 noviembre, 2020 at 8:07 am

    Roxana esta lindo , pero lo mejor de todo es que lo has escrito con sentimiento y eso se nota . No te estreses y cuidate mucho . Como siempre es un gusto leerte. Abrazos con todo cariño.

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  2. El Demiurgo de Hurlingham 22 noviembre, 2020 at 12:20 pm

    Muy bien descriptas las emociones, lo que sentiste. O lo que sintió la protagonista.
    Y sorpresivo desenlace.
    Era peligrosa la caja. ¿Tenía atrapada un hada de las letales?
    Besos.

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  3. Tsuki 24 noviembre, 2020 at 4:15 pm

    Hace un tiempo no pasaba por tu blog, me gustó mucho, me sentí muy inmersa en la historia y al igual que a ti también me dieron ganas de llorar, pero no lo hice, plasmaste muy bien el miedo y la nostalgia

    Espero estés bien, saludos

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  4. Cath.Hartfiel 25 noviembre, 2020 at 2:20 pm

    ¡Hola guapa!
    Que relato tan bonito y tétrico, se me aguo la nariz y todo.
    Me ha gustado mucho y el final desde luego no me lo esperaba.
    Un besito

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  5. Cyn 29 noviembre, 2020 at 6:51 pm

    Super intenso y el final me dejó boquiabierta. Muy buen relato. Felicitaciones por seguir con el NaNo, yo estoy entregando trabajos ahora y no pude estar al día, pero lo que logré escribir me va a servir mucho. Aguanten los desafíos de escritura, nos sirven para explorar cosas que no escribiríamos por nosotros mismos.
    Un abrazo y que estés bien.

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